EL CUADRO DE MI AMOR

La decepción de ese último mensaje le borró la sonrisa que había permanecido imperturbable en su rostro desde el momento que ella correspondió a sus halagos.

Se insultaba a sí mismo por haber hecho la pregunta que no tenía que hacer, al menos no en este momento.  Ahora, con la verdad revelada en la pantalla de su celular, sabía lo que debía hacer  aunque el dolor de matar la ilusión recién nacida lo lleve a hundirse en la tristeza del amor trunco.  “Imposible” se dijo, “ella es hincha de Banfield”.

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“Soy Mica. ¿Y vos?” le preguntó casi gritando al oído.  Nicolás apenas lograba escucharla, pero aún así, desmenuzó cada nota del timbre de voz y lo rescató de los acordes que sonaban fuertemente en el lugar.  Ahora, al verla a ella con detenimiento, la música que lo invitaba a sacudirse espasmódicamente se le antojaba rudimentaria y carente de armonía.  Sabía que era un error comparar lo que escuchaba con lo que veía, pero ya era tarde.

Se sentaron en la única mesa vacía del lugar. Rápidamente perdió la cuenta de los minutos charlados, intentó ser gracioso y ocurrente, mechando frases que denotaran que los libros no le eran ajenos, y aunque pocas veces lo logró, Mica acompañó con risas toda la conversación.

Por supuesto que en varios momentos, la charla hizo eje en la gran pasión de Nicolás: El Fútbol, pero sobretodo en LOS ANDES, su amor platónico. Le habló del Gallardón, de lo que sintió cuando su papá lo llevó por primera vez a la cancha, de los viajes acompañando al equipo de visitante, de las horas frente a una radio o un televisor escuchando y viendo cada partido del “Mil Rayitas”, le contó de goleadores y de goles varios. 

Hablar de Los Andes lo abstraía, lo llevaba a un plano en el que perdía la noción respecto de cuán interesante era el tema para su interlocutor de turno, quizás por eso nunca se percató que la mirada de Mica apuntaba al techo o al piso en forma intermitente.  

Volvieron a bailar hasta que el sol le ganó definitivamente su batalla diaria a la noche  y, previo al intercambio de números de celular, se despidieron con un beso que fue el juramento de una nueva cita.

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Eligió caminar en vez de tomar un colectivo hasta el punto de encuentro.  “¡Nunca tendré una novia de la contra, muchachos, se los aseguro!” repetía un recuerdo en voz baja, lo que provocaba la mirada escrutadora de los ocasionales transeúntes. “Eso va en contra de todos mis principios” refunfuñaba.

“¿Qué van a decir los amigos?” se preguntaba. “¡Que no tengo palabra! ¡Que soy un mentiroso que ante la primera mujer que me mueve el piso, me trago las palabras! ¡Ah, no, yo NO!” se contestaba a modo de reto, empujando hacia abajo cualquier sentimiento revolucionario que intentaba sublevarse al poder de la mente.

Apretó tanto el paso que llegó al lugar de la cita antes del horario pactado.  Faltaban 15 minutos para el arribo de Mica, “Claro, siempre y cuando sea puntual, pero no, las de Banfield nunca son puntuales” pensaba dejando aflorar un enojo forzadamente fingido.

A falta de cinco minutos para que se cumpla la hora estipulada, Nicolás divisó a lo lejos una figura esbelta de cabellera oscura suelta que se desplazaba en dirección a él.  Era ella. 

Se apresuró a repasar lo que iba a decir palabra a palabra:

“Mirá Mica, -expondría en tono conciliador- esto que te voy a decir es raro, incluso puede que hasta no lo entiendas, -se tomaría su tiempo, respiraría y continuaría- pero ocurre que…” 

El aroma de su perfume llegó antes que ella y esa estela que pasó velozmente se llevó consigo todos los argumentos.  En su mente un telón blanco se apoderó de la escena impidiéndole al actor recitar su parlamento.

Le costó recomponer la forma luego del impacto inicial de verla, “es bellísima, y a la luz del sol, más” pensó, pero volvió a reprimir sensaciones y se propuso continuar con lo planeado.  Nicolás se percató que ella llevaba en su rostro un gesto contrariado, quizás previendo lo que escucharía.  Sintió pena por ella y por él.

Finalmente, no estiró más la situación y se decidió a hablar, a poner fin a lo que no debió, según él mismo, haber empezado: “Mirá Mica, esto que te voy a decir es raro…” y utilizó el tono conciliador, pero cuando intentó proseguir, la mano blanca de ella se interpuso entre ambos, en un claro gesto para que frene su exposición.  Nicolás así lo hizo.

Y cuando hubo silencio, habló: “Mirá Nico –dijo ella, con un tono aún más conciliador que el que él había utilizado- no quiero que te enojes, pero lo pensé mucho y esto es imposible… vos sos de Los Andes”. 

Por Luis Fernando Lugo